
Actualmente, la mitad de la población activa mundial está formada por agricultores, es decir 1,5 miles de millones de personas, que viven en los países del Sur. Muchos de nuestros alimentos cotidianos proceden de los pequeños productores de estos países.
La agricultura campesina del Sur es una agricultura familiar con pequeñas parcelas, (entre 1 y 3 hectáreas), donde las familias cultivan arroz, maíz o yuca para consumo propio y venden los excedentes en el mercado local. Los productos destinados a la exportación, como el té, el café o el cacao, se comercializan en los mercados internacionales. Las familias obtienen con estas ventas los ingresos monetarios necesarios para financiar la educación de sus hijos e hijas, comprar ropa, cubrir los gastos sanitarios o adquirir bienes indispensables de fabricación industrial.

En los países del Sur, la agricultura campesina no está respaldada por ninguna política pública y se enfrenta directamente a la competencia de una agricultura industrial cuya productividad es desproporcionada respecto a sus capacidades de producción y que a menudo recibe subvenciones. Por lo tanto, para vender los productos al mismo precio que los de las explotaciones agrícolas modernas, los agricultores del Sur tienen que aceptar una remuneración muy inferior. Los pequeños productores que producen para la exportación son sin duda alguna los más directamente afectados. Sin embargo, los agricultores que venden productos alimentarios tradicionales solo en el mercado local también se enfrentan a esta competencia desigual ya que los productos alimentarios importados desde los países del Norte también están presentes actualmente en los mercados locales.
Por consecuencia, los precios mundiales de los productos alimentarios han experimentado desde hace varias décadas un descenso constante. El precio del azúcar se ha dividido entre tres en un siglo y a principios de este siglo XXI, la caída de los precios del café, el cacao y los plátanos no tenía precedentes. Paralelamente a este descenso de los precios de venta en los países industrializados, los costes de producción de los agricultores del Sur (los insumos, las semillas, el transporte, etc.) no han dejado de aumentar. Los ingresos de los pequeños productores del Sur, sometidos a este efecto tijera, se han reducido considerablemente, provocando en los 30 últimos años el éxodo hacia las ciudades de centenares de miles de campesinos y el empobrecimiento rápido de los que se han quedado en el campo.
Son numerosas las situaciones en que el precio que se paga a un pequeño productor del Sur no cubre los costes reales de producción. Entonces es imposible realizar las inversiones productivas indispensables: utensilios, semillas, fertilizantes, etc.
Así es como muchos agricultores acaban inmersos en procesos dramáticos de endeudamiento y descapitalización. Para subsistir piden créditos en el mercado informal; son préstamos con tipos cercanos a la usura y para pagar las deudas, se ven obligados a vender progresivamente el ganado, los utensilios e incluso las tierras. Estas son las causas principales de las migraciones temporales o permanentes hacia las ciudades. En muchos lugares, la agricultura campesina solo subsiste gracias a la migración estacional de jóvenes u hombres de la familia que van a trabajar en los centros de las ciudades como vendedores ambulantes, mano de obra en la construcción, etc. Con el desmembramiento de las familias, todo el tejido social se descompone durante largos periodos. Las personas mayores se quedan en el campo, los más jóvenes se van y debido a la falta de actividad económica productiva, el Estado ya no invierte en las infraestructuras indispensables: hospitales, escuelas, redes eléctricas, etc.

La mayoría de los productos tropicales que se exportan a los mercados internacionales proceden de la agricultura campesina pero los pequeños productores están muy dispersados y tienen grandes dificultades para constituir instancias de consulta u organización para vender sus productos. Además, como están lejos de los mercados donde venden no los conocen bien y la capacidad de negociación con los compradores internacionales es por lo tanto, muy limitada. En cambio, éstos últimos no son numerosos, están bien organizados y tienen todos los poderes a su disposición.
Cuatro empresas controlan el 40% del mercado del arroz, otras siete el 85% del mercado del cacao y cuatro grandes multinacionales, el 60% del mercado del café. Estas empresas se abastecen a través de millones de productores en unos cincuenta países diferentes.
Con la liberalización de los mercados de las materias primas básicas y el abandono de los mecanismos internacionales de regulación, las cotizaciones de los productos agrícolas sufren fuertes variaciones. Las caídas bruscas pueden llevar a la quiebra al sector más frágil de los productores y afectar a la economía entera de un país. El mercado del café vivió una crisis sin precedente entre 2000 y 2005, con cotizaciones muy inferiores a los costes de producción. Resultado: 25 millones de pequeños caficultores cayeron en la pobreza. Cuando se da una ausencia total de regulación del mercado, los compradores marcan la ley. Y esta "ley" del más fuerte, que responde a desafíos especulativos, obliga a millones de pequeños productores a vivir en una temible inseguridad.
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